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Los marginales, los invisibles y los ignorantes

Fotografías y narración de: Maria Isabel Frontanilla Aduviri, 2026

El fin de semana estuvimos en el mercado de Villa Fátima con la idea de encontrar alimentos poco convencionales. Supuse que estando cerca de la terminal de Minasa, iba a ser el mejor lugar para encontrar productos del norte de La Paz y aledaños. Con sorpresa, fue dificultoso encontrar dichos productos en el mercado principal.

Los marginales

Como alguien que visitaba por primera vez la zona, podría haber dejado la búsqueda y retornar a casa derrotada, sin embargo, quien me acompañaba sugirió ir más arriba, pasando el mercado de la coca. Es así que emprendimos la caminata con ese rumbo. El sol estaba en su punto y cada paso nos alejaba más del lugar que teníamos planificado visitar. Ya pasando el mercado de la coca, media cuadra más arriba y más allá de los márgenes del mercado principal, encontramos a las caseras en plena calle con sus chiwiñas, cajas y sacañas llenas de variedades de alimentos traídos del norte de La Paz y de la frontera con el Beni.

Los Invisibles

Es increíble que viva 25 años en esta ciudad y nunca haya visto aquellos alimentos. Ahí, donde pocos ponen atención, pudimos encontrar: cacao, copoazú, tomate de árbol, ají gusanito, walusa, pacay, chilto y chima.

Quedé fascinada con la chima, que según averigüé, tiene varios nombres según la región en donde se encuentre.

En La Paz se la conoce como chima, en Apolo se la conoce como chima o anua, en Santa Cruz se la conoce como tembé y en Beni como chonta o chontaduro.

Entre sus muchos beneficios está el cuidado de los ojos por su alto contenido de vitamina A, regula los niveles de azúcar en la sangre lo que ayuda a la prevención de la resistencia a la insulina y la diabetes, previene el envejecimiento prematuro porque contiene betacarotenos y ayuda a prevenir la anemia por ser fuente de vitamina C lo que favorece a la absorción de hierro en los alimentos.

Los Ignorantes

“Llévate, casera, aprovechá que es temporada”, me dice la caserita con una sonrisa tierna.

“No sé cómo se prepara, caserita”, le respondo.

Entonces, sin dudarlo, ella me propone enseñarme a cocinarlo para que me lleve, aunque sea, una libra a diez bolivianos.

Sin pensarlo mucho, acepto su propuesta, y ella comienza a explicarme, con paciencia, cómo preparar el alimento. 

Es en ese encuentro que aprendo que la chima no se come cruda, se tiene que hacer cocer en una olla por lo menos dos horas o 15 minutos si tienes olla a presión. Cuando ya esté cocida hay que pelar y se puede consumir cómo el pan, junto a un cafecito o chocolate caliente. También se puede consumir como la papa. Este alimento tiene una pepa central que también puede ser consumida una vez pelada y su el sabor se parece al de la almendra.

Le pregunto a la casera de dónde traen la chima y me responde que la traen de Alto Beni, de una palmera muy alta que puede llegar a medir hasta 20 metros.

Antes de irnos le pregunto si puedo sacarle unas fotos, ella muy dulce, acepta ser fotografiada con sus chimas y posa muy orgullosa de su producto.

Ese fue mi paseo de fin de semana, entre las caseras que se encuentran en los márgenes del mercado principal. Los alimentos que descubrí, que antes eran invisibles para mí y nosotros, los ignorantes de la existencia, la procedencia y la preparación de los mismos.

Me llevo como aprendizaje el deseo y sentimiento de responsabilidad de conservar la curiosidad por los alimentos poco conocidos y apreciar más todo el esfuerzo que conlleva producirlos, traerlos a los mercados y comercializarlos.

Esta narrativa es parte del Laboratorio: Fotosíntesis, un espacio de creación colectiva y acciones con alimentos en territorios.

Conoce más del proyecto haciendo clic aquí.

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