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Crónica del Camote Enamorado

Fotografías y narración de: Ariana Zamorano Gamarra, 2026

El mercado de Villa Fátima respira como una máquina vieja. Entre pasillos estrechos, los puestos de fruta y verdura se apilan mientras la multitud avanza. En ese pequeño universo saturado de color, el caos no es desorden, sino una forma de vida. Y en medio de ese mar de alimentos, lejos de la arrogancia de las naranjas apiladas en pirámides perfectas y de la autoridad antigua de la papa, hay uno que no grita ni resalta: el camote.

El camote espera.

Descansa en silencio, cubierto todavía por una capa de tierra fina que parece el recuerdo de la parcela donde creció. Una parte del valle se niega a soltarlo del todo. Su piel áspera, manchada, hace que muchos pasen de largo sin sospechar que debajo de esa corteza discreta se encuentra un tesoro anaranjado. El camote es eso: un corazón escondido bajo una apariencia que el mundo aprendió a subestimar.

Todos conocemos ese estado de nerviosismo torpe y sonrojo inevitable. Cuando las manos sudan, la voz tiembla y el cuerpo traiciona cualquier intento de disimulo: estar enamorado, estar camote. Estar tan camote que no puedes pensar en nada más. Y tal vez no existe mejor metáfora, porque el camote se parece al amor que se instala despacio. Como ciertos afectos, necesita tiempo para revelar su dulzura.

Su historia empieza lejos del mercado, hundido en la tierra tibia de los valles bolivianos. En regiones de Cochabamba, Chuquisaca y algunos rincones templados de los Yungas paceños, el camote crece enterrado como un secreto. No nace para ser visto. Mientras otras plantas levantan flores como banderas, él elige la oscuridad y sabe a refugio.

Como si la tierra hubiera querido guardar un pedazo de ternura para quien se atreva a buscarlo.

En Villa Fátima, las caseras lo acomodan junto a zanahorias, ocas y yucas. Ahí el camote vive a la sombra de la papa, indispensable, gloriosa. La papa está en sopas, en guisos, en fiestas, en la cultura, en la memoria nacional. El camote, en cambio, es el primo extraño, el menos elegido, el que siempre escucha cómo alaban al otro. Si pudiera hablar, quizá diría que sabe cómo es no sentirse suficiente, o vivir con la sensación de ser comparado con alguien que jamás quiso ser. En el fondo sabe que tiene su propio encanto, solo que a veces le falta confianza.

Cuando el amor apenas comienza, el camote puede ser energía. Cocido al horno o hervido, sencillo, tibio, con una pizca de sal que despierta su sabor. Es el alimento que acompaña sin imponerse, como esos amores serenos. Tiene una dulzura que no empalaga, una firmeza que reconforta y una pulpa que, además de alimentar, aporta vitaminas que el cuerpo agradece. En los días fríos de La Paz, comer un camote caliente con quesito encima se siente como sostener una mano en invierno.

La visión de Ariana Zamorano buscando el camote en el mercado de Villa Fátima:

Esta narrativa es parte del Laboratorio: Fotosíntesis, un espacio de creación colectiva y acciones con alimentos en territorios.

Conoce más del proyecto haciendo clic aquí.

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