Fotografías y narración de: Maria Luisa Huallpan, 2026
Sábado por la mañana, con un sol radiante y en mí una emoción ferviente por conocer el Ecotambo, ubicado en la zona de Sopocachi.
Se trata de una feria sabatina de producción ecológica que está próxima a cumplir una década, manteniendo viva la actividad de producción y venta de alimentos del productor al consumidor.
Un espacio que ha demostrado resiliencia frente a los cambios sociopolíticos del país y a la pandemia.
Reflejo de Identidad
Avanzo pocos metros en la feria y mi mirada se detiene en un alimento pequeño, pero profundamente apetecible para mi paladar. Evoca recuerdos de compartir y de la unión de lazos familiares alrededor del almuerzo.
Mientras lo observo, imagino estar en un mercado convencional, donde el tamaño de este alimento suele ser mayor al que ahora tengo frente a mí; sin embargo, lo que veo sobre la mesa trasciende su tamaño y se presenta, sin duda, como un símbolo de identidad.
El alimento elegido es un “superalimento local”, adaptado a una altura de aproximadamente 4.000 metros sobre el nivel del mar. Posee una raíz pivotante capaz de descompactar el suelo y un color rojo oscuro intenso que parece extraído directamente de los minerales de la montaña. Su tallo y sus hojas reflejan vitalidad: un verde profundo atravesado por venas púrpuras. Estoy hablando de la beterraga o remolacha (Beta vulgaris).
El frío intenso y la radiación solar propios de estas alturas permiten la concentración de azúcares en su raíz, otorgándole ese sabor dulce tan característico. Además, es un alimento altamente nutritivo, rico en antioxidantes, ácido fólico y betalaínas, los pigmentos responsables de su color. Quizás, incluso, de allí provenga su nombre: “beterraga”.
Vitalidad Natural
La beterraga es un puente cultural. De ella no solo se aprovecha la raíz: también sus hojas, ricas en hierro, calcio y vitaminas A y K. Son un oro verde atravesado por venas púrpuras que evocan la sangre y, a la vez, la fuerza vital del alimento.
Las betalaínas, responsables de su color intenso, también aportan propiedades antioxidantes que acompañan su resistencia al frío de la noche en estas alturas.
Así, las hojas se convierten en protagonistas invisibles de la seguridad alimentaria, donde “nada se desperdicia, todo alimenta”. El territorio no solo nutre con lo que crece debajo de la tierra, sino también con lo que emerge y resiste el sol y el viento del lugar.
Cada vena en la hoja cuenta una historia: una pequeña batalla ganada contra el frío.
Protagonista de la resistencia
Es momento de conocer a la “guardiana” de la remolacha: la señora Berta Vargas. En su rostro se refleja la sabiduría y la experiencia de saber cuándo sembrar, trasplantar y cosechar.
Su vestimenta es también un símbolo de una agricultura resiliente, y su gesto de ofrecer la beterraga con la mano elimina cualquier distancia entre productor y consumidor: un pilar fundamental de la soberanía alimentaria.
En palabras simples, ella es el puente entre la tierra y la mesa.
—“Te la vas a comer cocida o en jugo, la raíz; y de las hojas y tallos te haces ensalada”— me recomienda con amabilidad.
Me cuenta que, gracias al impulso de una ONG, ella y otras productoras iniciaron un proyecto de producción ecológica en su zona de residencia, Villa Mercedes G, en la ciudad de El Alto.
Su experiencia y saberes me permiten comprender el ciclo del cultivo de la beterraga: alrededor de 55 días (casi dos meses) tanto en campo abierto como en invernadero. Y ante mi curiosidad por la semilla, me explica que, a los cinco meses, también es posible cosecharla.
No puedo evitar preguntarle si dispone de semillas. Sonríe y me responde que en su vivero cuenta con todo el material necesario. Luego me invita a conocerlo.
La invitación me sorprende… y espero cumplirla a cabalidad.
Tiempo de comunión
No había tiempo para esperar. Si de comer saludable se trata, entonces llegó el momento de la transformación del alimento resiliente-resistente a la energía útil y nutritiva para el organismo.
Es así que con mucha habilidad y destreza en la cocina me propuse realizar un jugo de la raíz de beterraga. Por otro lado, corté otro manojo de raíces y las cociné en trozos pequeños para la ensalada, donde también incorporé los tallos y hojas verdes, de esta forma demostré respeto al territorio, realizando la comunión entre el alimento y su región.
Cuando estaba predicando sobre el consumo de la beterraga, una amiga comentó que no lograba disfrutar el sabor del jugo o zumo. Le sugerí que podía transformarlo en gomas masticables. Sonrió y respondió que lo intentaría. La próxima vez, ya no habrá excusas para no degustarlo.
¿Por qué es importante el consumo de este superalimento? Según la academia científica, la beterraga puede entenderse como un “combustible de la altura”: contribuye a la producción de glóbulos rojos y puede ayudar a mejorar la resistencia en contextos de altitud.
Así que mi querido/a lector/a, gracias por acompañarme en esta increíble experiencia. No te quedes con las ganas de probar, de experimentar y de compartir tu propia vivencia con la beterraga.
Visita el Ecotambo. Vive y disfruta de los manjares que esta tierra bendita nos brinda.
Hasta la próxima oportunidad…
Esta narrativa es parte del Laboratorio: Fotosíntesis, un espacio de creación colectiva y acciones con alimentos en territorios.
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