Autora: Camila Rivero Lobo
¿Sabías que en quechua ni en aymara existe una palabra para “basura”? Más bien, se hablaba de restos o sobrantes que debían volver a la tierra o transformarse de alguna manera. Este dato nos recuerda que la basura no siempre ha existido, sino que es una construcción cultural moderna.
Si pensamos en los alimentos, los saberes ancestrales nos muestran que todo lo que comemos y hasta lo que queda después de comer, tiene un lugar dentro de un ciclo de vida más amplio. Hoy, en un mundo donde el desperdicio de alimentos es un problema enorme, recuperar esta forma de ver nuestro consumo nos ayuda a vivir de manera más sostenible.
A pesar de que millones de personas en el mundo enfrentan hambre, cada año se pierden y desperdician enormes cantidades de alimentos. En 2021, el 13,2 % de los alimentos se perdió después de ser cosechados a lo largo de la cadena de suministro, desde la granja hasta el consumidor, y un 17 % adicional se desperdició en hogares, restaurantes y comercios. Esto representa casi 931 millones de toneladas de alimentos desperdiciados, o unos 120 kg por persona, una cifra que apenas ha cambiado desde 2016 y que nos recuerda la urgencia de actuar (ONU, 2023) y a nivel local, se estima que el 65,65% de residuos sólidos en La Paz – Bolivia, son orgánicos. Esto representa una pérdida preocupante de recursos como agua, tierra y energía utilizados para producir esos alimentos (GA HOOLE, 2020).
La pérdida y el desperdicio de alimentos es una problemática seria para lograr sistemas alimentarios sostenibles. Cuando se pierden o tiran alimentos, afecta la seguridad alimentaria y la nutrición de las personas. También aumenta los gases que provocan el cambio climático, contamina el medio ambiente, daña los ecosistemas y reduce la biodiversidad. Además, se desperdician todos los recursos usados para producir esos alimentos (FAO, 2024).
Recuperar saberes ancestrales para la sostenibilidad de la vida
En las cosmovisiones andinas y amazónicas, los residuos se entienden como parte de un ciclo natural: todo material debe retornar a la tierra o transformarse para seguir formando parte de la vida y el cosmos. Es decir, no había un “final” para los restos de los alimentos, sino un nuevo comienzo.
Hoy nos enfrentamos a un sistema alimentario que muchas veces rompe ese ciclo. Compramos más de lo que necesitamos, cocinamos sin planificar, tiramos lo que no usamos. La buena noticia es que, si cambiamos nuestros hábitos de consumo, podemos continuar con el ciclo de vida de los alimentos.
¿Qué hacer con las cáscaras?
¡Las cáscaras de frutas y verduras son una fuente increíble de nutrientes y sabor! Aquí algunas ideas de cómo aprovecharlas:
♦ Caldo de vegetales y sazonadores caseros: puedes guardar cáscaras de zanahoria, ajo, cebolla, apio o zapallo en el congelador y usarlas después para preparar un caldo sabroso y nutritivo o deshidratarlas y molerlas para hacer tu propio condimento casero.
♦ Cítricos: la cáscara de limón o naranja puede secarse para preparar té, rallarse para aromatizar bizcochos o dar sabor a salsas. También se aprovecha para hacer mermeladas o cáscaras confitadas. Además, al macerarlas en vinagre podés obtener limpiadores caseros, eficaces y seguros para la salud.
♦ Vinagre: con los corazones y residuos de las manzanas y agregando agua y azúcar, tendremos nuestro propio vinagre de manzana casero.
♦ Fertilizante natural: si tienes plantas, puedes moler cáscaras de huevo y picar la de plátano para enriquecer la tierra.
¿Qué hacer con los caldos?
El caldo de verduras se puede usar como base para sopas, salsas o guisos. Si no lo vas a utilizar de inmediato, puedes congelarlo en una cubetera de hielo y, una vez solidificado, guardarlo en otro recipiente dentro del congelador.
El agua de cocción de los garbanzos o porotos (aquafaba) funciona como sustituto del huevo en recetas veganas y también puede aprovecharse para regar las plantas. Por su parte, el agua del arroz se puede emplear en la preparación de bebidas o como espesante natural en diversas recetas.
Además, puedes guardar los huesos crudos de pollo o res para preparar un caldo de huesos. Al cocinarlos lentamente liberan colágeno, minerales y gelatina que fortalecen articulaciones y favorecen la digestión. Puedes congelarlo en porciones y darle más sabor con verduras, hierbas y especias.
¿Qué hacer con las sobras de comida?
La clave está en planificar y conservar bien. Guardar las sobras en tuppers de vidrio ayuda a que no se mezclen olores y a ver fácilmente qué hay dentro. Colocar fechas en los recipientes para saber hasta cuándo consumirlos.
Para evitar la monotonía, reutiliza de forma creativa: con arroz sobrante se pueden hacer croquetas, arroz frito o rellenos de arroz, con verduras cocidas una tortilla o crema de verduras, con pan duro unas tostadas o budín de pan.
Si vas a comer fuera de casa, puedes llevar un tupper contigo. Así, si sobra comida en un restaurante, la guardas y evitas que termine en la basura.
¡El coñichi del día anterior siempre es bienvenido para ahorrar tiempo en la cocina!
¿Y cuando ya no se puede comer?
Siempre habrá restos que no podemos aprovechar en la cocina, como semillas, cáscaras demasiado duras o partes maltratadas de frutas y verduras. Incluso aquellas que ya se descompusieron pueden transformarse. En lugar de considerarlos basura, pueden destinarse al compostaje, donde se convierten en abono natural que devuelve nutrientes a la tierra y cierra el ciclo de los alimentos.
Con una compostera pequeña en casa puedes transformar restos de frutas, verduras, semillas y borra de café en abono natural para tus plantas. Hay emprendimientos que te ayudan a iniciarte en el compostaje en casa si no tienes experiencia como Ecofractal.
Si no tienes espacio o tiempo, existen proyectos comunitarios que reciben residuos orgánicos para compostaje. En La Paz, los huertos Colémbola, Lak’a Uta y Sewenka recibirán tus desechos debidamente separados. En Cochabamba, el emprendimiento HUK Kallpalla se ofrece a recoger tus desechos para compostarlos, además, el huerto urbano de la Universidad Privada Franz Tamayo también recibe desechos orgánicos. De esta manera, incluso lo que ya no comemos continúa su ciclo en la vida.
De los alimentos a otros consumos
Lo interesante de cambiar nuestra relación con los alimentos es que esta práctica puede extenderse a otras áreas de nuestra vida. Si aprendemos a ver los residuos como recursos, también podemos empezar a pensar distinto sobre la ropa, los objetos del hogar e incluso la energía que usamos.
El principio es el mismo que nos enseñan los saberes ancestrales: nada se pierde, todo se transforma.
La basura, como concepto, no es natural: la inventamos. Los residuos, en cambio, siempre van a estar ahí, pero podemos decidir qué hacer con ellos. En la cocina está la oportunidad más inmediata: aprovechar mejor lo que compramos, transformar lo que sobra, compostar lo que ya no se puede comer.
Cada vez que damos un paso en esa dirección, dejamos de alimentar la idea de basura y empezamos a regenerar ciclos de vida. Un buen ejemplo es la iniciativa “Si lo botas, pierdes”, que impulsa acciones para promover el aprovechamiento de residuos de alimentos. Síguelos en sus redes sociales para sumarte a esta iniciativa.
Te invito a probar un hábito nuevo esta semana: preparar un caldo con cáscaras, guardar tus sobras en tuppers de vidrio o llevar tus propios recipientes cuando salgas a comer. Comparte este blog y sigamos preguntándonos: ¿qué mundo podemos construir si dejamos de inventar basura y empezamos a devolver vida?

